11 de septiembre – 40 años

Queridos amigos,

Voy a tratar un tema actual, en sí muy delicado, y pido a Dios que me inspire y les inspire a ustedes a leer estas palabras: y con el corazón abierto a la verdad, como creo estarlo yo.  La verdad: es lo que hace que cada uno se sienta más en paz.  Lo visto o escuchado corresponde a la realidad de los hechos.

Lo que sucedió, sucedió y nadie lo puede cambiar.  Aceptar la realidad es ver a Dios en los acontecimientos. La verdad se impone por sí sola.

La reconciliación es el gran tema en estas circunstancia, que, con mayor o menor intensidad, nos afecta a todos los chilenos, en el recuerdo de todo lo que nos tocó vivir hace 40 años, en el gran desastre de la convivencia nacional, desastre que no surgió en un solo momento, sino que fue un proceso lento de caer en la violencia debido a la prepotencia de imponer la propia “ideología” a los demás.

El tema es evidentemente político, quiere decir de ideologías y bandos opuestos.  Ese clima de 1973 fue un momento dramático porque quien no pensaba como yo, ya no era un adversario, sino un enemigo.  Apareció el odio. Se exacerbó la cultura de la violencia.

Yo no quiero aminorar las cosas y las responsabilidades, que por último sólo Dios puede juzgar a fondo y con misericordiosa justicia.
Dios es tierno, tiene corazón blando para juzgar, pero logrará siempre la justicia, o en este mundo o en el próximo.
En primer lugar, yo apelo a que todos y cada uno nos interesemos por “la verdad” de los hechos, en cuanto seriamente investigados y reconocidos, según nuestras fuerzas y posibilidades. Si un “hecho” es o fue real, yo acepto que es “una parte de la verdad total”, y me dispongo a aceptarlo porque amo la verdad.
No se trata ni de “tener razón”  ni de convencer al otro, sino sólo y únicamente conocer la historia sin pretender tener toda la justicia de mi lado, y la maldad al otro lado.

Esto supone capacidad de diálogo, que si se realiza entre personas maduras y no sólo apasionadas,  sólo entonces aparecerá la luz evangélica que pide  “hacer la verdad en el amor”, y que la “verdad” nos hace libres. (Juan 8:32).

Yo me adhiero de todo corazón a los que aún conservan heridas vivas y les aseguro mi cariño y comprensión.

Creo que toda persona honesta busca y quiere conocer la mayor verdad posible, y ayudar a buscarla es un deber de todos y mío personal.

Saber la verdad satisface a todos. Esto quiere decir que yo, en esta fecha histórica, como tú también, sabemos “muchas verdades”, aceptamos el compromiso de escuchar con apertura y amor la verdad del relato del otro, seguramente opuesta a nuestra visión. Nadie puede medir y juzgar el dolor del otro.

Es un paso importante para la reconciliación.
Sólo la verdad puede motivar la reconciliación que es un acto de perdón mutuo.
Entre todos construimos la verdad que puede llamarse histórica, porque trata de abarcar todas las visiones de lo sucedido.

Dado este paso, y, aclarados los hechos, podremos atrevernos a hablar de “perdón”.
El perdón es un hecho personalísimo que nunca se podrá exigir, sino solamente regalar por parte del ofendido y puede ser pedido de parte del ofensor.
Yo estoy escribiendo a miembros y simpatizantes de la FCM, con espíritu cristiano: no hablo a todo Chile, por eso me atrevo a presentar este tema de la reconciliación con franqueza y esperanza cristiana, de ponerse en el lugar del otro.

Saber la verdad es siempre liberador, porque toca la realidad de los hechos.
Yo pido que no seamos nosotros los jueces de ningún bando y dejar a Dios el juicio definitivo.
Aquí tocamos un punto neurálgico: llegar  a desear el bien a quien me hizo sufrir injustamente.  Así se alcanza el evangélico: “ama a tu enemigo”(Mt 5:44).
En el caso extremo, no amar al enemigo significa “odiarlo”, “me hiciste daño: ¡muere!”.  Es una reacción humana, pero deshumanizante. A un mal se suma otro mal.  Nadie gana.

Traigo un ejemplo personal: en ese tiempo de 1974 yo era Rector de un colegio salesiano de la Cisterna, y era Vicario de la zona Sur.
Vino una persona a verme y me dijo: Padre, vengo a pedirle ayuda, yo soy comunista y esposa de un dirigente comunista, que fue asesinado por lo militares.  Yo tengo un odio tan intenso que me tortura, y tengo un hijo pequeño que yo no quiero educar en el odio.  Pero no soy capaz. Yo le pido que lo reciba en su colegio y le enseñen ustedes a amar.
Esta madre, en su odio irreparable rendía homenaje “al amor” descubierto como bien supremo.
Cuando se viven hechos de esta clase es más fácil entender al cristianismo que pide amar, y perdonar, respetar y no juzgar, comprender y no encerrarse en la herida, y entender que vivir la “reconciliación” no es una cosa del otro mundo sino de nuestra vida real.

Rezar por el que me hizo daño, es la gran invitación de Jesucristo: “quien te quitó la túnica dale también la capa”(Lc 6:29).
Espero que estas fiestas patrias nos hagan dar un paso generoso, no hacia el olvido, sino hacia la pacificación.
La paz es un don de Dios.

Con todo mi afecto,

Gustavo Ferraris del C., sdb