Buscar la verdad no significa tener la verdad

Queridos amigos:

Estoy impresionado por la reacción de unos hijos, ya adultos, ante la decisión de su padre, separado de la mamá, hacía más de 20 años, casado con una segunda esposa, que en sus años de mayor madurez, aconsejado por mí, decidió acudir al tribunal eclesiástico para averiguar la posible invalidez del primer matrimonio religioso.

La reacción emocional de sus hijos adultos, de claro rechazo y condenación, es explicable, y muy comprensible, porque a los hijos les parece que “todo fue una mentira”, que “admiten el divorcio civil”, pero “la posible nulidad ante la Iglesia, y por lo tanto, ante Dios, le parecía destruirles toda su seguridad, como si fueran hijos de la “casualidad”, y no del amor”, y que les parecía absurdo llegar a ese límite.

Decidí tratar este tema y conversarlo con ustedes, de la “Fundación para el Crecimiento Matrimonial”, porque estamos tocando un punto muy sensible de nuestros principios fundamentales del Matrimonio que tanto propiciamos y defendemos.

Caben dos preguntas: ¿Tienen razón los hijos? ¿Tiene razón el papá?  Yo contestaría que los hijos tienen “razones” muy válidas para expresar su estado de ánimo, pero no pueden condenar a su padre por ejercer su derecho a buscar la verdad de su situación, acudiendo a los tribunales competentes.

Aparecen aquí dos problemas: el primero, la interpretación errónea de los hijos, como si el descubrimiento de la invalidez de un “contrato” significara automáticamente engaño, torpeza, mala voluntad o “negación” de todo lo actuado.

Si el papá tiene dudas serias de si su primer matrimonio fue bien realizado por ambas partes, y pide que la autoridad competente examine su caso, en último análisis está con todo derecho – y yo agregaría con el deber – de buscar la verdad de lo que pasó, y buscar honradamente la verdad es siempre un homenaje que se rinde a la verdad, que es Dios mismo: “Yo soy la Verdad” (Jesús en S. Juan 14;16).

“Buscar la verdad” no significa “tener la verdad”, y menos “toda la verdad”.

Ese papá debe someterse al  proceso, y el resultado de la investigación del tribunal dirá si los hechos y las razones aportados en la causa dan por resultado “la nulidad” o la “validez” del vínculo matrimonial”.

Todo esto supone honestidad y honradez en los testimonios y en las declaraciones, y seriedad, competencia y honradez en los jueces, porque es evidente que “a Dios no se puede mentir” y sería necio autoengañarse.  El objetivo ético del proceso es descubrir la verdad por parte del demandante y por parte del tribunal.

Por este motivo es ambiguo afirmar “pido la nulidad” o “quiero conseguir la nulidad”, o “la Iglesia concede la nulidad” y frases semejantes.
El lenguaje correcto es “solicito el examen de la causa para buscar la verdad de fondo, si hubo o no hubo “vínculo válido”.

A priori nadie lo puede asegurar.  El Tribunal Eclesiástico estudia, según el Código de Derecho Canónico de la Iglesia Católica, las “causales” de nulidad matrimonia allí establecidas y examina si se cumplen en cada caso presentado, y después sentencia en consecuencia.

Las estadísticas del Vaticano para todos los Tribunales Eclesiásticos del mundo dan entre el 30/40% por el sí  y entre el 60/70% por el no.  Los números revelan “seriedad” acuciosa.

Más difícil es explicarles a los hijos la “posible” nulidad.  En este caso juegan las emociones, que no son controlables con los razonamientos explicativos.  Lo que duele duele, y sólo se puede acoger.

Si una explicación puede darse, para aliviar un poco la carga y tratar de ofrecer una imagen significativa para el caso, se podría ocupar con un caso semejante a una pareja  que convivió, tuvo hijos, nunca contrajeron matrimonio, el vínculo no se realizó nunca, pero el amor existió, los hijos nacieron y fueron criados con amor.

Que el vínculo haya existido o no, no quita lo valioso del amor y de la existencia de los hijos.  El vinculo es un valor moral, y si es religioso, ante Jesucristo, tiene un valor sacramental maravilloso de santificación, a parte de que da mayor seguridad, gracias al compromiso solemne ante Dios, pero la realidad de los hijos no cambia por la existencia o no existencia del vínculo.

Estas reflexiones, leídas con serenidad, como ustedes lo están haciendo en este momento, al no estar viviendo el problema, pueden ayudar a comprender y a acoger a los que se sienten “heridos” por un problema semejante, reconociendo por lo tanto, muy válida su herida.

De todos modos, les recuerdo que frente a los que se sienten heridos, por cualquier causa, frente al sufrimiento, todas las explicaciones son siempre “catastróficas”, porque parecería dar a entender que los que sufren no tienen derecho ni razones para sufrir, y sería un sufrimiento más la misma “incomprensión”.  Frente al sufrimiento sólo cabe siempre el compartir y acoger, permitir al otro ser como es, y nunca ofrecer explicaciones intelectuales.

Espero que estas observaciones les sirvan para hablar del tema en ciertas oportunidades.

Con un abrazo y una bendición,

Gustavo Ferraris, sdb