Ciencia y Fe

Queridos amigos:
A raíz del interesante debate sobre “ciencia y fe” que se desarrolló en la prensa hasta hace pocos días, deseo agregar algunas precisiones que pueden ser útiles para enfrentar más claramente el problema de fondo: la relación entre ciencia y fe.  Una relación que fue por siglos conflictiva, por ingenua y también por orgullosa presunción de cada bando de poseer toda la verdad.

Hoy se ve más claro que ciencia y fe, cada una con sus métodos, son hermanas autónomas, no dependientes una de otra, pero complementarias.

Las ciencias entendidas modernamente como ciencias de la naturaleza, investigan la realidad material, sus leyes matemáticas, físicas biológicas, químicas, todas experimentables, sujetas a exámenes críticos, a verificaciones, y a comprobaciones serias, repetidas, compartidas, hasta adquirir la certeza de la coherencia entre la teoría y la realidad existente.   Las ciencias de la naturaleza no pueden ni deben salirse de su campo de experimentación y de comprobación.   En base al puro método científico, lo que no es “comprobado” y experimentado no puede ser tomado en cuenta, como existente, por no es objeto de la ciencia experimental.

El científico serio no dice: “lo que no se puede comprobar con experimentos no existe, sino que sólo puede afirmar: lo que no se puede comprobar “no es objeto de investigación científica”.  Si existe o no existe algo o  Alguien más allá de lo experimentable, como científico no puedo ni debo pronunciarme”.
Si esta diferenciación de metodologías es válida, podemos concluir con serenidad que las ciencias de la naturaleza, como tales, siendo coherentes con sus principios racionales, no pueden ni deben afirmar o negar la existencia de un Creador.

La ciencia experimental, como tal, no lleva y no puede llevar a Dios: la ciencia como tal dice y debe decir lo que descubre y ve, y relatar lo que ve.  No puede pronunciarse sobre lo que no ve o no puede ver ni descubrir.  Violaría su base científica.

Si la ciencia no lleva de por sí a Dios, el científico en cambio sí que puede llegar a Dios, como persona libre y responsable.  Él puede examinar los datos de la ciencia que descubre, puede tener la intuición de una conclusión racional y lógica: más allá de lo que ve.   Puede reconsiderar, como pensador, una Naturaleza maravillosa, tanto en el macrocosmos como en el microcosmos, comprobar la unidad sistémica del conjunto, la complejidad del ser viviente, la observación del ser humano, la conciencia de sí mismo, y su libre albedrío.  El científico, como persona libre, puede sentirse “interiormente” invitado a intuir que un ser superior puede existir, que puede explicarlo todo con otra lógica, y puede llegar a decir en su corazón: “creo”, y saborear un acto personalísimo y libre: un contacto misterioso con un Otro, y empieza a aceptar un Tú que es diferente de él, y que no es de naturaleza empírica y experimentable.  Ésta conclusión no es científica, es de otra índole, ya sea filosófica, por una intuición racional, ya sea de inspiración teológica,  por una Revelación religiosa como la de  Jesucristo, hombre histórico y serio, quien afirma:“Yo soy la verdad”.  Quien se atreve a asumir esa declaración se expone a ser tratado como un loco, o como un embustero o también como Veraz, seguro y conciente de lo que afirma, y dispuesto a pagar el precio.

La ciencia no puede aceptar ni dar razón del misterio: el científico sí que lo puede.

El acto de fe es una actitud personalísima, que vincula un Tú trascendental libre y dialogante, que puede contestar al creyente con un lenguaje original iluminando con interpretación ampliada de la realidad, como la existencia del mal moral y del destino final de la existencia.

Ciencia y Revelación, ciencia y filosofía, son caminos en sus distintos niveles, válidos y concordantes, para conocer la mayor parte posible de toda la Verdad, visible e invisible, y explicar mejor la libertad humana, el amor, la consciencia de sí mismo, el arte, la música, la religiosidad, la gratuidad, el mal y su génesis.

Ciencia y fe son hermanas colaboradoras y no más rivales.

La verdad sigue siendo una sola aunque pueda ser conocida sólo parcialmente por cada tipo de estudio humano, sea científico, filosófico o teológico.

La síntesis puede llegar a converger en que existe “la Verdad”, y no sólo “verdades”.

Esa síntesis la puede hacer sólo el ser humano consciente, informado y libre.

Es su grandeza y su límite.

Gustavo Ferraris del C., sdb