Día de San Pedro y San Pablo

Queridos amigos y colaboradores:

Los graves problemas que afectan hoy a nuestra Iglesia católica, me preocupan seriamente a mí, como sacerdote de esta querida Iglesia, y sé que también a muchos de ustedes, porque se trata de una relación fundamental en nuestra vida de creyentes, pone en evidencia esta pregunta de fondo:  ¿qué es esta Iglesia visible, para mí y para mi destino eterno?

¿Es esencial, es importante, es necesaria? ¿Es una ayuda verdadera o es un obstáculo para mi fe?

Estas preguntas, si son auténticas, es decir, si surgen verdaderamente del fondo del ser, del yo profundo, despiertan angustia, y con razón.

Son dignísima de ser tomadas en cuenta, y abrirse al diálogo desde las dos partes, cada parte acogiendo con humildad a la otra, y acogiendo la parte de verdad que la otra ofrece.

Partimos de la situación real de que todos caminamos hacia la verdad plena, que es siempre un sola: “o la Iglesia es esencial para la salvación o no lo es”. Esto está claro, pero la manera de expresarlo y entenderlo está muy lejos de una única visión.

Somos todos limitados en nuestras síntesis personales sobre los grandes temas de la vida.

¿Qué es la Iglesia para mí?

Primero yo pregunto a la misma Iglesia qué dice de sí misma.  Ella me contesta en el documento oficial del Concilio Vaticano II: “la Iglesia es en Cristo, como un sacramento, signo e instrumento de la íntima unión de la Humanidad entera con Dios”. (Gaudium et Spes 1))

Es el sueño de Jesucristo: “Jesús iba a morir no sólo por la nación, sino también para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos” (Juan 11,52)

Esto significa que la voluntad de Dios es que todos los humanos del mundo entero lleguen a conocer a Dios como Creador y Padre de todos, que todos lleguen a sentirse hijos del mismo Padre y por lo tanto hermanos.  La Iglesia existe para cumplir en el mundo esta misión que le dejó Jesucristo.  Si no existiera esta Iglesia, fundada por Jesucristo sobre la roca de Pedro y de los demás apóstoles ¿quién podría hacerlo?

Yo me siento feliz de ser miembro de esta Iglesia, y colaborar en ella y con ella, a realizar ese sueño de Jesucristo: “que todos (un día) sean uno”, tarea que nos dejó como testamento.

Las turbulencias de estos días, la traición vergonzante de muchos de sus miembros calificados, ponen en evidencia al poder del mal, que corroe también a los hombres de Iglesia y dañan todo el cuerpo.  Nuestra Madre la Santa Iglesia está en gran pena, llora por sus hijos descarriados, y por las víctimas inocentes que son los predilectos de Jesucristo.

Pero estos males pueden despertar también, en muchos católicos, la voluntad de adherirse mejor a Jesucristo y a su Iglesia y de ser mejores testigos creíbles de su voluntad de salvación.

La Iglesia frente al mal que le afecta, sólo puede responder amando más, y tratando de vencer el mal con el bien.

Los ateos de hoy son insensibles a la idea de Dios, de Jesucristo, de la Iglesia, hasta del bien y del mal, pero son sensibilísimos a la “bondad”.  Frente a la “bondad” verdadera el corazón más duro se conmueve.

Madre Teresa penetró, con su bondad humilde y sacrificada, en el corazón mismo de famosos jefes de Estado como Fidel Castro, quien le pidió que “le mandara a todas sus monjas a establecerse en la isla”.

“La maldad nunca es tan profunda como la bondad”.  La bondad tendrá la última palabra.

Dios nos asegura la victoria final del bien.

La Iglesia enfrenta el mal, el propio y el del mundo imitando a Jesús, su Maestro.

Él no negó ni maldijo el mal y a los malos.  Los enfrentó en forma divina: sufrió el mal de la injusticia, de ser tratado como criminal, (como les sucedió a los Obispos de Bélgica) y Él respondió perdonando.  Oró a su Padre que perdonara a sus verdugos.  Mostró la bondad del corazón de Dios, que sólo ama y quiere el bien supremo de todos sus hijos.

El mundo de hoy, frente al mal que afecta a todos irreparablemente,  no sabe qué responder ni qué hacer.  Trata de defenderse, o negándolo, no permitiéndose hablar de él, como de la muerte, o tratando de eliminarlo con analgésicos, pero constata que el mal cunde y el mundo no puede enfrentarlo victoriosamente.

Qué respuesta puede ofrecer el mundo frente al sufrimiento de la Humanidad, al dolor de los inocentes, y el llanto de las víctimas?

Jesucristo, con su muerte y resurrección, ofrece una respuesta desconcertante, pero creíble: “quien creen en Mí tiene vida eterna”.  Los apóstoles constataron que había muerto y lo vieron lo tocaron con las manos “vivo”.  Se jugaron la vida por esa verdad.

Nosotros queremos ser los testigos creíbles de esta Verdad, hoy, creemos en nuestros apóstoles y queremos continuar su misión.

Por eso somos y nos sentimos Iglesia.  Las tempestades de adentro y de afuera no nos perturban, la fe en Jesucristo y en su Iglesia, como fuerzas de salvación.

Entonces: ¿por qué y para qué Dios permite todos estos males?

No tenemos ninguna respuesta lógica e irrefutable.  No somos Dios,

Sólo nos sirve recordar la sentencia de Jesucristo cuando comenta la desgracia de la muerte de los galileos. Dijo para nosotros también: “Si no hacéis penitencia, todos pereceréis” (Lucas 13,2)

S. Pablo se quejó también con Jesús de un mal que lo torturaba, y Jesús le contestó: “ Te basta mi gracia”

Dios no nos abandona.  Es fiel.

Nosotros también queremos serle fieles.

Con todo cariño, yo ruego por cada uno de ustedes delante de Dios nuestro Padre, para reforzar, entre nosotros, los lazos de ser Iglesia de Jesucristo, y colaboradores de su misión, de “difundir el amor fraterno en el mundo”.

Su amigo sacerdote, apenado como ustedes por lo dolores de su Madre la Iglesia, pero más firme en la fe y con más ganas de compartirla.

Afmo.,
Gustavo Ferraris Del C., sdb