Dónde está Dios me han preguntado

Muy queridos amigos:

Juntos, aún a distancia, hemos vivido y vivimos momentos dramáticos que nos sobrepasaron y nos sobrepasan todavía.

Como seres humanos hemos experimentado las fuerzas incontrolables de la naturaleza desatada, y que sin embargo siguen un proceso coherente de adaptación en su dinámica evolutiva.  Nos “plasmó” ver unirse en las playas belleza y muertes, vacaciones placenteras y caos, bondad y maldad de los seres humanos, y muchos “me han” y otros “se han” preguntado: ¿dónde está Dios?

La respuesta de la fe madura, no infantil, nos asegura que Dios está siempre presente y actúa, a su manera divina, invisible, pero real, y siempre para lograr el bien a través de los males, en todo acontecimiento.  Está presente en la libertad del ser humano, y le habla siempre en su conciencia – los vándalos y los expertos en “pillaje” se daban cuenta de que obraban mal, como lo sabía Judas, en la noche triste de su vida.  Dios está siempre dentro, y nos habla para invitarnos al bien.  El ser humano puede decirle que no y desplazar a Dios, poniéndose en el lugar de Él, y Dios se deja atropellar y espera, con el transcurso de la vida, la conversión del pecador.  Éste es nuestro Dios, que se deja atropellar pero que no atropella.  Jesucristo es el modelo.

Con respecto a los desmanes de la naturaleza, con sus víctimas inocentes, Dios está presente desde el momento de la Creación.  Dios creó el Universo, y previó, en su plan, toda la evolución de la materia, con su energía de partículas subatómicas en su interior, desde las galaxias, todavía en expansión hasta el planeta tierra, con su “magma” incandescente y sus movimientos de adaptación desde el estado líquido al estado sólido, sus explosiones de energía y sus consecuencias para la superficie terrestre y sus habitantes.

Dios previó todas sus consecuencias para el ser humano desastrosas en el momento, pero llenas de lecciones de vida, tanto para el avance de la ciencia, como para despertar nuevas conductas de solidaridad y de fraternidad, para abrirnos los ojos sobre la caducidad de la vida y de los bienes temporales, y al mismo tiempo valorar el bien inapreciable de la propia y única vida real que poseemos como don, y no como propiedad absoluta, cuyo origen, término y destino no nos pertenecen.

El terremoto puede abrirnos los ojos a esta meditación de las realidades de la tierra y del futuro trascendente, y puede también cerrarlos completamente y exasperar el deseo de aferrarse idolátricamente a los bienes temporales y ver en la posesión de ellos el único bien definitivo para soportar el “sin sentido” de la vida en la tierra.

El pillaje es una muestra de esta visión de la vida: jugarse por entero para conseguir lo que se considera “bien supremo”.  De catástrofe en catástrofe, terremotos, guerras, enfermedades, la Humanidad va avanzando en la investigación científica y espiritual, y lentamente va descubriendo el dominio sobre las leyes de la naturaleza, prever los terremotos, valorar la paz y la concordia, globalizar el compartir riquezas superando el afán de acumularlas entre pocos, aprender a gozar en servir a los demás y no a dominarlos, y descubrir que el deseo insaciable de ser felices sólo encubre el deseo de gozar de lo Infinito que se llama Dios.  Un Dios de amor que quiere compartir su felicidad.

Esta es la autorevelación del mismo Dios, creador del Universo y de sus leyes, realizada en Jesucristo su Unigénito hecho hombre.  Colaborar con Él es nuestra tarea: dar a conocer el plan misterioso de Dios en los acontecimientos de la Historia: Dios permite el mal sólo para sacar de él un mayor bien.  El fin de la Historia es el triunfo final del Bien sobre el Mal, y los cataclismos vienen a confirmar lo que nos dicen los Libros Santos. (Apocalipsis de S. Juan).

Estas verdades de la fe nos abren el corazón a la esperanza en un plan divino de un Padre bueno y providente, cuando Él mismo nos asegura que “los cabellos de vuestra cabeza están contados” y nada sucede que Él no haya previsto y no sepa guiar hacia el bien definitivo de todos, cada uno a su tiempo.  “Mis caminos no son vuestros caminos…” “hasta que Dios sea todo en todos” como dice la Escritura.

Estas consideraciones mías tienen un fin preciso: los acontecimientos nacionales nos estimulan a tomar de verdad en nuestras manos nuestro rol como cristianos comprometidos con la sociedad.

Como Fundación, y más aún como Fundación de Iglesia nos sentimos invitados a asumir nuevas responsabilidades ante nuestros hermanos, todos los que nos rodean, y ofrecerles lo que hemos descubierto y vivido en nuestras experiencias de grupo: una manera de enfrentar los problemas con un nuevo estilo de relaciones y de convivencia en la alegría de crecer en el amor a Dios como pareja y eso nos da la paz.

Me despido con cariño con un hasta pronto y pido y ofrezco una oración para que Dios nos ilumine y sostenga,

Con todo mi afecto,
Gustavo Ferraris del C., sdb