Enconado rencor hacia la Iglesia Católica

Queridos amigos:

Me doy cuenta del tiempo que he dejado pasar para escribirles mis comentarios, y de cuántos de ustedes me han reclamado.  Veo que son bien recibidos y no puedo rehusarme ya en eludir mi compromiso.  Reconozco que es más fácil “leer” (libros) que “producir” (reflexiones).

Observando el panorama del mundo, sus tendencias actuales, descubro, en varios sectores, un enconado rencor hacia la Iglesia Católica, y en particular contra su cabeza, el Papa.  Impresiona que el Parlamento de Bélgica haya votado una descalificación moral contra Benedicto XVI, que el Parlamento Europeo haya intentado hacer lo mismo con una moción que fue rechazada por una mayoría, y que el Parlamento Español haya desistido a última hora de aceptar votar la misma condena.

El motivo fue siempre el mismo: el Papa, en su viaje a África, en rueda de prensa, afirmó que: “la sola promoción del uso del condón no resolvía el grave problema del sida”, y gran parte de la prensa mundial desencadenó una campaña de escándalo, acusando al Papa de “defender su moral sin importarle la muerte de tantas personas…”

¿Por qué presento esta situación? ¿A dónde quiero llegar?

A darnos cuenta de que la duda se infiltra silenciosamente en nuestras conciencias: ¿estará equivocado el Papa? ¿las exigencias, ésta y otras, de la Iglesia Católica, no serán exageradas, fruto de otras épocas?  Tendrá derecho la jerarquía en “meterse” en el campo propio de la ciencia médica?

Son preguntas muy serias que nos pueden afectar a todos.  No es mi interés, en este comentario, sostener que toda la verdad está de una parte y todo el error, de la otra.  La verdad siempre es más compleja, y supone ser descubierta y valorada en cada una de sus facetas, sin pretender que uno solo vea todas las facetas y pueda ver toda la verdad.  Sólo Dios “es” toda la verdad.

Pero sí, me interesa despertar entre ustedes, mis amigos, más amor a la verdad, esté donde esté, y en este amor a la verdad despertar y reforzar el amor a Jesucristo, el único ser, en el mundo, que afirmó de sí mismo: “Yo “soy la verdad”.  Para mí, creyente, Él dice “la verdad”, no es un farsante ni un loco.  Supo lo que decía, y lo afirmó, a punto de morir, frente a Pilatos.  Y si Jesucristo es “la verdad”, pertenece a su verdad su Iglesia como tal, con su Papa, con su Sagrada Escritura, con sus Sacramentos y con sus enseñanzas enraizadas en la tradición apostólica, y no inventadas a última hora..

Es esta la Iglesia que invito a amar, o a amarla más cuando más es rechazada en su esencia, en su misión de iluminar el mundo con la verdad del Evangelio, que es diferente de criticarla razonablemente, por los errores o culpas de sus mismos personeros.

Qué hermoso darse cuenta de que la enseñanza de siempre, en la Iglesia de Jesucristo, es que rechazará siempre el error y la culpa, pero no rechaza nunca a la persona equivocada o culpable, siempre optará por la conversión a la verdad y al bien, y siempre, como Iglesia, aceptará a los pecadores en su grey, con la esperanza de su futura revisión de vida.

Amar a esta Iglesia es amarla en su Jefe y Fundador, Jesucristo, es amarla en sus Santos, y es llorar por los pecados de sus miembros, de los de arriba y de los de abajo, estrechando filas para sentirnos unidos en derredor de Jesucristo y de su Vicario, que lo representa, seguros por la fe, que Jesucristo prometió que en lo esencial para la salvación definitiva, no le faltará nunca, a su Iglesia, la presencia activa del Espíritu Santo.

Los intentos de “descristianización” agresivos, que asoman en todas partes, también en Chile, con propuestas “rupturistas” que quieren borrar toda pauta de sana tradición moral, desde la “libertad de vientre”, para las mujeres, hasta “el derecho a morir” e imponer la eutanasia, que mañana podrá transformarse en “el deber de morir”, no nos deben asustar.

La persecución está inscrita en el “ADN” del Evangelio.  A nosotros, cristianos, se nos pide estrechar filas, tomar decisiones de orar más, estar más unidos en lo esencial,  fortificar en comunidad nuestra fe y nuestra esperanza, para “amar siempre más”, aún a los que nos persiguen, “para que el mundo crea”.

¡Con una bendición! Su amigo sacerdote,

Gustavo Ferraris, sdb