La Iglesia que yo amo

Empiezo celebrando las palabras del papa. “De la Iglesia quiero decir tres cosas, siempre mirando a nuestras mamás; todo lo que hacen, viven, sufren por sus hijos. “Cada mamá enseña a caminar bien en la vida, sabe como orientar a sus hijos, busca siempre indicar el camino justo en la vida, para que crezcan y se conviertan en adultos, y lo hace con ternura, con afecto, con amor”.

“También cuando busca enderezar nuestro camino cuando nos desviamos, un poco y cuando tomamos caminos que conducen al precipicio.

Una mamá sabe qué es importante para que un hijo camine bien en la vida y no lo ha aprendido en los libros, sino del propio corazón.

La universidad de la mamá es el corazón. Ahí aprenden como llevar adelante a sus hijos”.

“Cuando un hijo crece y se hace adulto toma su camino, asume sus responsabilidades hace lo que quiere, y puede suceder que se salga del camino. Su mamá siempre, en toda situación tiene la paciencia de acompañar a su hijo. Lo que la impulsa es el amor. Toda mamá sabe seguir con discreción y ternura el camino de los hijos, y también, cuando se equivocan, ellas encuentran siempre el modo de comprender, de estar cerca, de ayudar” (Francisco).

La Iglesia que yo amo es así, mamá misericordiosa que comprende, que busca siempre ayudar, estar cerca, alentar al hijo que se equivocó, nunca cierra la puerta de casa, no juzga, y ofrece el perdón de Dios, ofrece su amor que invita a retomar el camino. Esta madre sabe también pedir, llamar a cada puerta de sus hijos sin calcular, por amor, y sabe llamar sobre todo a la puerta de Dios. Reza mucho por sus hijos.

Sé que no todos piensan sienten ni piensan así de la Iglesia; pero a pesar de todo, yo la siento madre.

Ella me educó en la fe, me ayudó a crecer indicándome un camino de honestidad y de responsabilidad, me acogió, y me ayudó a ser servidor, como educador y como sacerdote. ¿De dónde todos estos dones de Dios, si no es por Ella?

Ella me acompañó en todo mi camino, y cuando vio que me estaba desviando, como madre misericordiosa no me abandonó. Tuvo la paciencia de acompañarme y de confiar en mi recuperación ofreciéndome siempre el perdón de Dios. Así siempre la sentí cerca.

Sé que la Iglesia quiere ser así para todos sus hijos, y se esfuerza y sufre para que todos lleguen a ser hijos suyos, a todos ofrece su amor, para todos sabe pedir, llamar a la puerta de cada uno de sus hijos, sin cálculo, por amor, y sobre todo, sabe llamar a la puerta de Dios, como madre que reza mucho por sus hijos, para todos sus hijos, los cercanos y los lejanos.

Yo me siento miembro amado de esta Iglesia de Jesucristo y no me canso de agradecer los dones que pasaron por sus manos.

Amo a esta Iglesia y me juego por Ella con gratitud e invito a todos a conocerla más para amarla como madre.

Con todo cariño por cada uno

Gustavo Ferraris del C., sdb