Las cosas con nuestros hijos no funcionan

Queridos amigos:

Siento voces e insinuaciones difusas que me dicen: “las cosas con nuestros hijos no funcionan”.  Como Fundación hablamos y nos preocupamos a fondo de la pareja, lo que es nuestra clara misión, pero frente a esta gran verdad del interés por los hijos, que defendemos en su altísima importancia, se yergue la otra tremenda verdad, muy valiosa, y, quizás, más que la primera: la pareja matrimonial está hecha y existe para los hijos, y no para sí misma.

Si es cierto lo que dice S. Pablo, inspirado por Dios, de que “nadie vive para sí mismo, ni nadie muere para sí mismo, sino para Dios”, con mayor razón vale esta verdad para la pareja frente a sus hijos: vivir para ellos es buscar el verdadero bien de ellos, que es siempre la relación con un Dios-Amor.

También, a su manera, lo afirma un conocido sabio no creyente, pero muy certero, Saint Exupery, cuando escribe: “el amor no consiste en mirarse en la cara uno al otro, sino en mirar los dos en la misma dirección”. Ahora ¿cuál es esa  dirección para un creyente?   Es hacia un Dios Padre amoroso que invita a participar en su vida eterna, divina y feliz.

Es evidente que puedan descubrir estas motivaciones nuestros hijos, tengan los medios para vivirlas, y puedan alcanzar esa meta final, es nuestro mayor interés, aunque no se pueda imponer, sino sólo proponer, con nuestro testimonio, con “nuestro estilo de vida” y con “dar razón de nuestra esperanza” como nos pide S. Pedro en su carta.

Por lo tanto,¿en qué sentido afirmo que “con nuestros hijos las cosas no funcionan”?  Por lo que escucho y observo, el problema no está en que ustedes no tengan suficiente respuesta de cariño por parte de sus hijos.

No, “la cosa” es más profunda.  Lo que veo que “no funciona”, y muchos han concordado plenamente conmigo es, que, en nuestras familias “católicas”, lo que no funciona es la “transmisión de la fe cristiana” en forma eficaz.  Lo que nuestros hijos “saben”, no los motiva.  Este es el drama, les faltó, en el momento oportuno de su adolescencia, una experiencia real, íntima con la persona de Jesucristo, que los “marcara” afectivamente para toda la vida.  Los que la tuvieron, en su mayoría, aún perseveran en esa amistad.

La dolorosa realidad, para muchos de nuestra Fundación, es la que estoy lamentando. ¿Cómo enfrentarla hoy?  Estamos atrasados con nuestra juventud,  los niños crecieron y no les dimos el alimento espiritual sólido para su edad.  Los dejamos con la fe infantil.  Pero, todavía tenemos tiempo para nuestros niños más pequeños.  El mismo Papa Benedicto lo reconoce cuando nos dice: “Dios parece ausente, muy alejando, no parece entrar en nuestra vida cotidiana, se esconde, no conocemos su rostro.  Dios mismo está demasiado lejos”.  Pensemos que reconoce el Papa mismo, que es “una dificultad seria hablar de Dios a nuestro mundo”.

Si a esto agregamos la existencia, racionalmente inexplicable, del mal en el mundo: un verdadero “océano del mal”, (dice el Papa) al cual cada ser humano puede agregarle su gota de maldad, de injusticia, de odio, de violencia, de estafas, de abuso de poder, de mentiras a ese océano,  que crece poco a poco cada día, y al mismo tiempo sentimos fuertemente, y nuestros hijos más que nosotros,  que todas las víctimas de ese odio y de esas injusticias tienen el derecho de que se les haga justicia, llegamos a enfrentarnos a este desafío: ¿qué pensamos de Dios frente al mal?

Sabemos que Dios no puede ignorar ese grito de los que sufren, de todos los oprimidos por el hambre y las injusticias, y ¿cómo lo hace?  ¿Lo es, o no lo es, el  “omnipotente”, “el que lo puede todo”?  ¿Se la puede, y no quiere, o quiere, y no se la puede? ¿Qué Dios es?

¿Qué respondemos a esta legítima objeción de nuestros hijos? ¿Qué nos dice la fe sobre el actuar de la omnipotencia de Dios frente al mal?  ¿Qué “tipo de Dios” tenemos y tienen en su mente nuestros hijos?

La fe cristiana tiene su respuesta en la acción de Dios en la Historia.

Dios intervino e interviene siempre.  Son ejemplos antiguos el de Abraham y el de Moisés, pero ahora, en el final de los tiempos, Dios intervino directamente con su Hijo Jesucristo, pero intervino a su manera divina.

Jesucristo, que es el bien verdadero, la santidad y belleza misma, que es al mismo tiempo, el tipo de “hombre nuevo” con quien Dios quiere hacer frente al mundo del mal, no enfrenta el mal con el “poder”, ese tipo de  poder como lo entienden los hombres: ¡poder de dominación, de aplastar, borrar, fulminar, destruir al enemigo, tener más “potencia de fuego”, vencer por tener más fuerza exterior!  ¡NO!  Dios vence por dentro, suavemente, por amor.

Dios entró en este mundo con el poder de su humildad, de su ternura, de su carencia voluntaria de poder dominador.  No vino a destruir el océano del mal, vino a crear un “río del bien”, un río nuevo, para formar un “océano nuevo” de bondad, de belleza interior, de libertad verdadera, de amor que salva, un río que crece poco a poco, como toda semilla,  ofreciendo el perdón, un perdón que transforma el malo en bueno, el enemigo en amigo, el esclavo del mal en un hijo de la libertad y del amor, y además, lo transforma en heredero de su Reino, que es océano infinito, sin límites, del gozo de amarse.

Él invita a todos los hombres a formar parte de ese río nuevo, el de la organización de los que eligen el bien, que desemboca en ese océano que se forma de generación en generación, oponiéndose al otro que también se forma de generación en generación (tantos casos “Cizarros”).  Éste se organiza para imponer su dominio: el de la mentira, del dinero, del placer, del desenfreno de la libertad, pase lo que pase.  El otro, el océano del bien, aunque oculto, es más grande y más fuerte que el del mal: (Jesús lo dijo: “yo he vencido al mundo”).  Es el río de los Santos y de la gente buena, que se inmolan por el bien. ¡Cuántos enfermos en los hospitales del mundo, cuántas mamás solas, abandonadas, luchando calladamente para sacar adelante a sus hijos,  y cuántos condenados en las cárceles, sufren y llevan calladamente su cruz.  Todos entregados al bien, al aceptar la vida como es y, si tienen fe, en abandonarse a la voluntad de Dios en el sufrimiento!  Hace dos mil años que ese río existe a pesar de que tantas fuerzas contrarias han luchado para destruirlo.

Un ejemplo nos lo da el santo de hoy, 14 de agosto, Maximiliano Kolbe, que, en pleno campo de exterminio nazi, entregó su vida con delicada ternura, para liberar a un padre de familia de 8 hijos, que gracias a él, salvó su vida y pudo presenciar en Roma la beatificación de su salvador.

El río de Dios, al que estamos invitados a aportar nuestra gotita de bien, es un río de justicia, de verdad, de libertad, de amor, de  belleza, es el Río de Jesucristo y de su Iglesia, aunque, ésta su Iglesia, por la libertad de cada ser humano, tenga “afluyentes contaminados” que enturbian la claridad de las aguas de la primera fuente divina.

Jesucristo con su “amor”, es más “poderoso” que “la fealdad” del pecado de su enemigo.  El mal no triunfará nunca definitivamente, aunque tenga aparentes victorias deslumbrantes, como las hecatombes humanas de inocentes en las últimas guerras mundiales.  Un rayo de pura belleza siempre transforma en algo hermoso aún a una ciénaga de inmundicias.

Es una invitación a elegir el bien, la verdad, la libertad,  “el amor en la verdad y la verdad en el amor” (Benedicto XVI) para aumentar el caudal del Río del Amor y de la Verdad en un mundo siempre lleno de maldad y de  injusticias.  Aquí aparece el desafío para nosotros y la invitación a asumirlo para nuestros hijos.

La Fundación nos invita y nos estimula a asumir este compromiso, a unir fuerzas e ingeniosidad para  invitar a nuestros hijos a acompañarnos en esta aventura grandiosa, por ser divina, de vencer el mal con el bien, aventura iniciada por Jesucristo con sus apóstoles, y nosotros lo amamos a este Hombre Dios, y queremos seguirlo hasta el fin.

Con una bendición para ustedes, y una oración, junto con sus hijos, por la Fundación y por mí, se despide con todo afecto de amistad,

Gustavo Ferraris D., sdb