Muchos “buenos” católicos no saben lo que es “la Iglesia”

Queridos amigos:

Por los contactos que tengo con muchos de ustedes, me he dado cuenta de que muchos “buenos” católicos no saben lo que es “la Iglesia”.

Constato una situación de crisis en profundidad: muchos tienen la convicción de que la Iglesia es “de los hombres que la componen”, desde el Papa hasta el último cura o el último feligrés.

Afortunadamente no es así.  La Iglesia es de Jesucristo, es suya absolutamente, y por consiguiente, ante todo, la Iglesia es parte de un misterio de fe.  Es divina y es humana, es santa y es pecadora: ¡cómo ver las dos realidades y aceptarlas sin negar ninguna!

La Iglesia es de Jesucristo significa que Él la gobierna, invisiblemente, la sostiene con su Palabra (las Sagradas Escrituras) la alimenta con sus sacramentos, que es esa savia vital que llamamos “amor-caridad”.

Luego la Iglesia no es creación humana, es un don de Dios, lo que quiere decir que la Iglesia no es una “propiedad” nuestra, que la pueden “manejar” los seres humanos a su criterio.  Somos todos Iglesia, pero en cuanto recibimos el “don” de la incorporación en ella, por la gracia.  No es que “nosotros” nos incorporamos, sino que es Jesucristo que decide incorporarnos.  No “hacemos” nosotros la Iglesia, la encontramos hecha.

Si nosotros somos los que queremos guiarla o estructurarla, cometemos errores, y realizamos cosas inútiles.

Constatamos todos cuantos proyectos surgen, por todas partes, para “mejorar” la Iglesia, cuántas organizaciones, para ayudarla, (como la nuestra, una entre tantas,)  pero ¡qué pobres resultados!

No es el hombre que puede salvar a la Iglesia, es la Iglesia de Jesucristo que puede y salva al hombre.  Creer que la Iglesia es Jesucristo mismo lo expresa muy bien esta confesión de Santa Teresita del Niño Jesús: “Cuando ustedes me ven tan paciente y comprensiva, es sólo porque Jesús actúa en mi por dentro”.  Este es el misterio de la Iglesia.

El testimonio que dieron y dan los Apóstoles de todos los tiempos, no es el resultado de nuestra capacidad personal, sino la presencia interior del Espíritu Santo.  Los mejores testigos y más eficaces son los que no se dan ni cuenta de que lo son.

El peligro, para los que “creen dar testimonio”, como fuese un rol que deben cumplir, está en que, sin darse cuenta, juegan al “personaje”.

La verdad que presentamos, como cristianos, de nuestra fe, puede “alejar” en lugar de “motivar”, cuando no parte del corazón, de la pasión interior, y aparece como lección aprendida.

Recuerdo un relato del Cardenal Cottier, teólogo del Papa, que conoció en Roma a una dama rusa, muy culta, recién convertida del ateismo comunista que deseaba profundizar su fe.  El Cardenal le aconsejó frecuentar un curso de teología en una universidad romana.  Ella asistió a clases y un día le confesó al Cardenal:
“En esa universidad, algunos profesores me hacen recordar los antiguos profesores de marxismo en Moscú, gente que decían cosas en las que, a todas luces, ya no creían más”.

Los Papas, en la Historia de la Iglesia, nunca fueron ni todos genios ni todos santos.  Simón Pedro fue un hombre con todos sus límites, que el Evangelio no esconde.  Todo esto hace ver que la Iglesia es obra de Dios y no de los hombres, y que en el pequeño bote en donde están a punto de hundirse los Apóstoles, está presente el Señor.  Es Él que aplaca las tempestades y nos libera de nuestros miedos.

Si la Iglesia fuese obra humana habría desaparecido desde hace bastante tiempo.  Hay algunos que están alarmados porque ven “divisiones” en la Iglesia.  Es oportuno reconocer que las diferencias de opiniones, hasta en la misma Curia Romana, que asesora al Papa, no debe asustarnos: cada persona tiene su punto de vista y puede expresarlo, sin pretender ver toda la verdad.  También el Papa puede opinar y equivocarse en el Gobierno de la Iglesia.  Juan Pablo II excomulgó a los lefebrianos, y Benedicto XVI les quitó la excomunión: esa diferencia de criterio, en circunstancias diferentes, en decisiones contingentes, no afectan en nada la doctrina de la “infalibilidad” que es propia de la Iglesia entera, expresada autorizadamente por un Papa y por un Concilio unido al Papa,  infalibilidad que sólo rige en temas de “verdades reveladas por el mismo Dios”, como son los dogmas.

El mismo Papa puede ser visto por los católicos con muchísima, poca, o ninguna simpatía personal, pero para todos los que tenemos fe en Jesucristo, el Papa es sucesor de Simón Pedro, la Divina Providencia lo quiso como es, y nosotros lo queremos también tal como es, porque en Él vemos al Vicario del mismo Jesucristo.

Todo esto quiere decir ser “católicos”.

Con todo cariño,
Gustavo Ferraris,sdb