Pasó la Navidad…

Amigos y amigas muy queridos,

Pasó la Navidad y pasó el Año Nuevo: ¿qué nos queda realmente, de esas celebraciones, tanto la celebración religiosa como la celebración social?

Si nos quedó nada, quiere decir que las hemos celebrado sin alma, sin el Espíritu de Dios, que es alegría gratuita, siempre.  Si en cambio sentimos de haber celebrado bien esas fiestas, significa que nuestra manera de amar tiene fundamento profundo, tanto con las personas, como en el misterio insondable de amor, eterno, y superior a toda imaginación, que irradia Jesucristo con su mensaje: “Estad alegres les repito, estad alegres, regocígense en el Señor.  Que vuestra bondad sea conocida por todos los hombres.  El Señor está cerca.  Superen toda preocupación, más bien, en cada necesidad, recurrid a la oración, y a la plegaria, bien compenetradas de acción de gracias, para presentar vuestras peticiones a Dios” (Filipenses 4,4-6)

Debo decirles, a la lectura de ese texto, que cada palabra de la Sagrada Escritura, inspirada por Dios, tiene un acento tan inconfundiblemente “personal”, que no le llega a otra persona.

Todo depende del deseo.  Si el corazón desea realmente “escuchar a Dios que habla”, para hacerle caso, y no escucharlo por curiosidad, el lenguaje de la oración, que es “amor”, entra en onda con el deseo de Dios de escucharnos y ayudarnos a crecer en amor, y en felicidad, que es su consecuencia.   Dios quiere vernos felices.   Él vino a “darnos vida, y vida en abundancia”.  Hoy diríamos “vida plena”, como en ciertos momentos hemos exclamado: “ahora me siento realmente feliz”.  Fue pasajero, sin duda, pero muy real.

Para lograr un buen resultado en la oración, como en el amor de esposos, hay que “sintonizar”.

Cuando María Magdalena buscaba a Jesús muerto, y le habló creyéndolo el jardinero, no estaba “sintonizada”.    Jesús le dijo sólo: “María…” y ella sintonizó enseguida: “Rabbí… Maestro mío”  Se le abrió el corazón por el tono de Jesús.

Para “comprender” un idioma nuevo, hay que estar iniciados, colocarse en su “longitud de onda”, captar flexiones verbales y modismos, hasta sintonizar el oído.  Cuantos creen conocer un idioma por entender leyéndolo, y después no entienden nada cuando les hablan los lugareños, porque el oído no estuvo ejercitado, así mismo, sin “sintonía” en el propio corazón, ¿quién entendería el lenguaje del amor”

Dios tiene su sintonía, como cada uno de nosotros, como María Magdalena, tiene su sintonía.

Entonces, ¿quién se adapta a quién?  ¿A quién le toca hacer el esfuerzo, para sintonizar con el otro?  Quiero que parta de mí, porque quien ama de verdad parte siempre primero para el bien del otro.

Nadie puede negar que Dios parte siempre primero.  Me habla al corazón, despierta en mí el deseo de escucharlo, yo debo captar ese impulso y ampliarlo, con el objetivo de sintonizar con el idioma de Dios, su palabra, escrita en el Evangelio, o hablada, por algún “mensajero” inesperado.

Siempre Dios nos habla: de mil maneras, sobretodo con los “acontecimientos”, que nos sacuden y nos hacen mirar hacia arriba.  Todo mensaje de Dios es siempre un mensaje de amor, porque Dios no es más que amor, pero no todo acto de amor es siempre una acto favorable a nuestra sensibilidad egoísta.  Puede ser desfavorable en el momento.

Para ciertos casos, un buen “reto”, siempre desagradable para quien lo recibe, puede llegar a ser el más grande acto de amor, reconocido más tarde.

Todos, como padres, hemos conocido esa experiencia.  Lo que importa es que creamos firmemente en la palabra de Dios.  Es Él quien nos asegura: “Todo coopera al bien de los que aman a Dios” (Rom 8,28).

Si miramos nuestra historia para atrás, con amor de hijos, descubriremos que Dios mismo guía los acontecimientos de la Historia, tanto personal, como colectiva, y veremos que es muy cierto lo que afirma la Escritura: “Todo coopera al bien de los que aman a Dios”.

Con un abrazo cariñoso y una oración,

Afmo.,
Gustavo Ferraris del C., sdb