Por qué y para qué voy a Misa

Queridos amigos,

Sé que a muchos de ustedes les preocupa como transmitir bien la fe a la nueva generación, sobre todo el misterio central de la Eucaristía.  Es un problema muy profundo de lenguaje y de contenido.  Partamos desde el “rito”.

  1. Toda amistad exige ritos.  Darse la mano, abrazarse, invitar a comer, tener contactos que vitalizar.  Sin ritos la amistad se pierde.  Pero también todo rito exige amistad.  Dar la mano es un rito, pero no tiene sentido parar a una persona desconocida en la calle y darle la mano, aunque en sí sea siempre un gesto de amistad, pero pierde el sentido: no hay reciprocidad, la amistad dice reciprocidad.
  2. La Misa es un rito por excelencia: expresa la relación humana y la relación divina en la fe.
    La relación humana aparece clara: la Misa es una invitación a una comida.  Imaginamos a Jesús en la última cena, desea estar con sus amigos, los invita a comer, se sienta a la mesa y les ofrece el pan y el vino, y se despide de ellos con un gran discurso-testamento, y termina diciendo: “Haced esto en memoria mía”.  Quiere ser recordado de esa manera.
  3. Yo voy a Misa para cumplir ese su deseo.
    Pero un convite adquiere su pleno sentido si todos los invitados participan y comen de lo que le ofrecen.
    Yo voy a misa para comulgar, para que Él, mi amigo, esté conmigo y yo con Él.  Si no soy o no me siento amigo de Él, ir a misa sin amistad con Él se transforma en un rito vació y sin interés.
    Al máximo hay un fondo de fe infantil, tradicional, que cumple un “deber moral” somos funcionarios o como obligados por miedo.
    No es una actitud de “hijo”, de “amigo” que ama, que quiere aportar algo y crecer en amor.
    Si voy a un funeral, no me interesa el funeral en sí, si hay un cura choro, o un coro estupendo, o cuanta gente amiga va, sino que voy para aliviar la pérdida de un ser querido, un drama de amor, con más afecto que yo puedo expresar a los deudos.
  4. Yo voy a misa porque quiero ir, decido ir, motivado por esa relación de amistad con Jesucristo, el protagonista principal del rito, y no es un rito cualquiera.  Voy convencido del hecho histórico primordial que se repite en la Misa.
    Jesús dijo entonces y renueva ahora: “este es mi cuerpo que será entregado por vosotros”.  En la cena prometió entregarse por completo por los suyos, y en la cruz, al siguiente, realizó su inmolación total en la cruz, dándose sin condiciones.
    Yo creo en esta verdad histórica y no puedo no conmoverme meditando esa realidad.  Participo en ese misterio divino de fe.
    Me incorporo viviéndolo con mi deseo de agradecer a este Jesús, hombre verdadero, por lo que hizo por mí.  Para Dios cada persona es única, y el honor y el amor que yo puedo darle no los puede ofrecer ninguna otra persona.  Yo soy importante para Dios, soy único, porque ¡Él me creó y me cuidó como único!
    Yo se lo agradezco yendo a Misa lo más a menudo posible y naturalmente, siento la alegría de ser invitado a celebrar cada día la S. Misa.

    La Eucaristía que es “nuestro pan de cada día” transforma lentamente por dentro a la persona.  Es Dios mismo que actúa.  Pero Dios respeta al infinito nuestra libertad.  Me creó capaz de ser libre y amorosamente, sin presión indebida, está esperando que yo decida expresar mi gratitud de haber sido creado de la nada y amado para ofrecerme un destino final feliz.

Tengamos cuidado: si un adolescente que ya tiene espíritu crítico y no sabe nada de un “Jesucristo hombre Dios” amigo, ¿cómo podemos pedirle o peor obligarle a acompañarnos a Misa?

Sin amistad, el rito no tiene sentido, por un lado y por el otro, es nuestra tarea enseñar que la libertad está dada para elegir el bien, que produce alegría de vivir, y no por elegir el propio egoísmo, que deja en tristeza y soledad.  La libertad puede ennoblecer y destruir. Todo depende de la gracia pedida y de mi decisión.

Gracias por escucharme.  Recen por mí al ir a Misa y yo rezo por ustedes todos los días.

Con un abrazo cariñoso,

Gustavo Ferraris del C., sdb