Realidad indiscutible, dolorosa y vergonzante

Muy queridos amigos y amigas:

“Nos falta, me dijeron varios miembros de nuestra Fundación, un comentario suyo, como sacerdote, sobre el tema de los sacerdotes corruptores de menores” que alborota, desde hace tiempo, nuestro ambiente, y está en los comentarios de todos.  “Necesitamos una palabra suya clarificadora”.  Agradezco la preocupación y aquí estoy.

1. Los hechos son una realidad indiscutible, muy dolorosa, vergonzante y ante la mente humana, inexplicable: entramos a fondo en el misterio del mal.  Aquello que debería ser lo mejor, pasa a ser lo peor.

El “pecado” inverosímil de un “formador”, en el seminario de futuros sacerdotes, niños y jóvenes inocentes, llenos de confianza, que pervierte esa confianza en “corrupción” e invitación al “mal” es realmente inconcebible, pero sucedió repetidamente, con el agravante de la falta de reacción proporcionada por parte de la autoridad responsable.
Esta es la horrorosa realidad que todos, y particularmente yo, sacerdote y colega de estos “malhechores”, me pone  de rodillas a pedir perdón a Dios, el gran ofendido, y a las víctimas, las más afectadas, y a la sociedad, justamente horrorizada.

Acudo primero al testimonio de Jesucristo, quien previó estos hechos y los sentenció en forma drástica.  “El que reciba en mi nombre a unos de estos niños, a Mí me recibe.  Pero el que escandalice a uno de estos pequeños que cree en Mí, más le valdría que le colgasen al cuello una piedra de molino y la arrojasen al fondo del mar”.  Es inevitable que sucedan escándalos, pero “¡ay de aquel hombre por quien viene el escándalo!” (S. Mateo 18,5).

Sólo una vez más usó este lenguaje, condenatorio y personalizado, el buen y misericordioso Jesús, y fue con respecto a Judas: “Ese que se ha servido de la misma fuente que yo, ése me entregará.  El Hijo del Hombre se va, como está escrito de Él, pero  “¡ay de aquel por quien el Hijo del Hombre será entregado: “más le valdría no haber nacido!” (Mateo 26,23).  Dios conserva el secreto de cómo  se presentó Judas ante el Juez Supremo, si arrepentido, si pidiendo perdón o rehusando pedirlo y rechazándolo.  Es el peligro de una “eternidad infeliz”.  Rechazar su perdón es un pecado imperdonable, una blasfemia contra el mismo amor misericordioso de Dios.

El pecador empedernido rechaza a Dios en su esencia, lo de amar y perdonar, es cerrarse definitivamente al amor, al amar y a ser amado, es autocondenarse al suplicio eterno de la soledad absoluta y absurda, por haberlo podido evitar.  Al imaginarlo nos horrorizamos, al sólo pensarlo.

Es escalofriante.  Pero Jesucristo no vino a sacrificarse jugando una comedia.  El drama de la salvación o perdición eterna es real.  Es el meollo de nuestra fe.  Es la paradoja de lo cristiano: junta los extremos, ¿pero Dios no es infinitamente bueno y misericordioso?  Sí, absolutamente.  Pero también es infinitamente justo.

De la condenación eterna sólo sabemos de Lucifer, el gran ángel rebelde, de quien atestiguó Jesús mismo: “Regresaron alegres, diciendo: ¡Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre!  Jesús  les dijo: “Yo veía a Satanás caer del Cielo como un rayo”” (Lucas 10,17) ¿A dónde caía?: en el abismo eterno del mal, del desamor absoluto, habiendo sido creado para amar y ser amado, como toda criatura inteligente y libre.

2. Ante esta horrorosa realidad, qué me pasa a mí como sacerdote de esta Iglesia de Jesucristo que tiene en sus filas personas consagradas a Él, sacerdotes para ser pastores, “Pedro, ¿me amas tú?,(Juan 21,17) Apacienta a mis ovejas”….. y los pastores se volvieron “lobos despiadados devorando a sus ovejas.   Siento, como sacerdote, que el gran ofendido es Dios, es Jesucristo, Él que dio la vida para rescatarnos del Mal, se sentirá pisoteado.  Su pasión y derramamiento de sangre se vuelven inútiles para los que permanecen en su pecado.  Es en verdad trágico.

Este episodio, y lo que significa comprometerse a fondo con el “Mal”, me da escalofrío.  Se ve claro que uno puede perder su alma.

“¿De qué vale el ganar el mundo entero si después pierde su alma?”  Esta verdad suprema, “la salvación de las almas”, es lo que me motivó toda la vida, desde que me encontré con Jesucristo en mi adolescencia.  Me fuerza mi propósito de seguir en la brecha, hasta que Dios disponga, y el estar en la Fundación me alienta a formar siempre mejor unión de amistad cristiana entre todos nosotros, mirar para adelante con alegría compartida, porque la verdad de la Palabra de Dios no quede desmentida, a pesar de todos los Judas de la Historia: “El mundo entero está en poder del Maligno” (1º Juan 5,19)  “Pero, Yo he vencido el Mundo”  (Juan 16,33) “Yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo” (Mateo 28,20).  El gran Mandamiento sigue en pie: “Ámense el uno al otro como los he amado Yo”  Nadie podrá desmentir su validez a lo largo de la Historia.  Dios siempre está actuando para salvarnos.  Es nuestra fe y nuestra esperanza, nuestro manantial del amor, la caridad divina.

Ayudémonos a cultivar estas virtudes.  Nos fueron regaladas, en germen, en nuestro Bautismo.  La Caridad es el “amor que sabe dar la vida por los amigos” (Juan 15,13)

Este gran desafío lo enfrentamos juntos, estrechando filas en derredor de la Verdad, que es Jesucristo, y su Palabra.

Con un abrazo afectuoso y confiado,

Afmo,
Gustavo Ferraris del C., sdb