Renuncia del Papa

Queridos amigos,

Si antes de la renuncia yo siempre admiré y amé a Benedicto XVI por su claridad y profundidad de pensamiento, ahora lo quiero y admiro más todavía por su grandiosa actitud de desprenderse del poder por amor y por el bien verdadero de la Iglesia, que es siempre el bien de la humanidad, y dedicarse a ayudarla desde la oración contemplativa.

En estos momentos difíciles y turbulentos veo todo este acontecimiento como un milagro de la “Gracia”, es decir, de la ternura de Jesucristo por su Iglesia.

El Papa constató con lucidez las desviaciones de arriba y de abajo, jerarquía y fieles.  Arriba con divisiones, grupos de poder y graves violaciones de la moralidad. Abajo los efectos de las ideologías post- cristianas, con la autonomía absoluta de la libertad: “es lícito hacer todo lo que el hombre es capaz de hacer”. La economía mundial al servicio de los poderosos, explotando florestas y materias primas de los pueblos pobres y cada vez más distantes del gran bienestar proclamado por todos los políticos del mundo.  Resultado: la desilusión, el abandono de la relación con Dios, la indiferencia religiosa y la apostasía de muchos bautizados. Entre los mismos que se declaran católicos crece el número de los que no creen ya en la “fiesta eterna y feliz en la casa de Dios” que nos espera a todos.

Benedicto XVI vislumbró esta realidad con la información privilegiada que recibía, y vio la necesidad de urgentes y profundas reformas en las estructuras terrenales de la Iglesia. Aceptó, tras madura reflexión su impotencia física y anímica para enfrentar el problema y decidió promover un cambio de mando que, a la vista del mundo entero, puso en evidencia su entereza moral, su responsabilidad y su interés sumo para el bien de la Iglesia cuya misión es de anunciar el Evangelio que salva, para liberar a los seres humanos de las trampas de los ilusorios “paraísos terrenales”.

Acusaron a Benedicto de que “abandonó la cruz”, y él aclaró que no abandonó la cruz sino que abrazó otra muy suya, la de entrega total a Jesucristo, en la vida contemplativa, sólo para el triunfo del Reino de Dios.

Yo considero este punto grandioso en la santidad de vida y de coherencia para un Papa de la Iglesia católica de todos los tiempos.

La explicación la dio ya hace tiempo S. Juan de la Cruz, teólogo místico y doctor de la espiritualidad cristiana.  Doctor significa guía seguro y autorizado por la autoridad competente para enseñar.  S. Juan tiene esta afirmación revolucionaria, que los católicos, sacerdotes y laicos no conocemos u olvidamos:
“Un acto de puro amor es más precioso ante Dios y más provechoso al alma y a la Iglesia que todas las otras actividades juntas. El amor es la obra que prima sobre todas las demás”.

En su “Cántico Espiritual”, estrofa 2, 29, San Juan de la Cruz cita como modelo concreto de esta verdad la decisión de Santa María Magdalena.  Dice textualmente:  “María Magdalena predicaba a Jesucristo y lograba mucho bien, y al continuar su vida activa habría realizado mucho más. Pero lo que le pareció más importante todavía fue su gran deseo de agradar a su Esposo Jesucristo y de promover mejor a la Santa Iglesia.

En consecuencia, durante treinta años vivió ella retirada en el desierto para abandonarse exclusivamente a ese amor. Estaba convencida de que ese tipo de vida produciría de todas maneras, los frutos más abundantes, porque nada importa más a la Iglesia, nada favorece más su desarrollo que un poco de ese puro amor.

En definitiva, nosotros fuimos creados para ese amor”.

¿Se habrá apoyado también en esta orientación teológica Benedicto XVI para dar ese dramático paso que sacude la Iglesia y el mundo?

Yo estoy seguro que sí, de que Benedicto XVI dejó el apostolado visible y apreciado, por dedicarse a ese amor puro en un claustro para toda la vida, para amar a su Señor, quien lo hizo su Vicario, consagrándole su vida a amarlo con amor exclusivo, sin distracciones de la acción.

Estas vocaciones son de almas privilegiadas, como fogones incandescentes que conservan el fuego sagrado del amor absoluto a Dios en el mundo.

El gesto de Benedicto no es sólo noble y santo, sino que para el “hoy”. es grandiosamente profético porque pone en mayor luz el valor de la vida contemplativa, que concentra toda su acción en el puro amor.

Su ejemplo invita a dar más importancia al amor que a la acción, como afirmó Jesús ante Marta y María en Betania.

El Papa vio que si hay males en la Iglesia, es porque hay mucha más organización que oración, muchas más estrategias de acción, que ejemplos reales de unión con Dios y de contemplación en el amor, y sintió el deber de dar un ejemplo auténticamente cristiano.

Por eso lo amo y lo admiro más, y sigo teniéndole como maestro, y guía espiritual. El nuevo Papa tendrá un gran consuelo poder acudir a él para el consejo y la experiencia.

Gustavo Ferraris del C., sdb