Saber relacionarse

Queridos amigos,

Quiero saludarlos, después de largo silencio, y reflexionar con ustedes sobre un tema que en estos días de recuperación he meditado con más profundidad: la relación entre dos personas que se quieren, esposo-esposa, mamá e hija, amigo-amigo, persona y Dios.

Descubro en toda situación dos polos opuestos y complementarios: el polo del vínculo (quiero estar con…) y el polo de la libertad (no me invadas).  Si el vínculo no respeta la libertad del otro, su libertad se defiende, se aleja, bloquea la entrada.

Pero si la libertad no cultiva, y no refuerza el vínculo, lentamente el vínculo se adormece y se debilita.

La libertad es preciosa, pero debe ser proactiva siempre.  Debe tomar iniciativas.  Para eso es libre, dispone de sí misma.

Cómo actuar con un sano e inteligente equilibrio.  Todo se puede traducir en “sorprender gratamente al otro”.  Como el otro no se lo espera, y por consiguiente, su libertad está en plena seguridad, lejos de todo hostigamiento que hiere, redescubre la riqueza del vínculo, y lo refuerza complacido.  ¿Por qué?  Porque es un gesto gratuito.  No hay ninguna razón para ese gesto que no sea sólo el amor auténtico.

Saber sorprender es saber amar.  Es superar la rutina que tiende a asfixiar el vínculo, y a quedarse con una libertad estéril que camina al vacío.  La libertad está hecha para elegir el bien, y el bien es siempre el amor en la verdad sin hipocresía ni cinismo.

Con Dios también vale la sorpresa: no por parte de Dios, que está siempre activo, amándonos, sino de parte nuestra, cuando le enviamos un “suspiro”: “Señor ayúdame”, “Señor te amo”, “Señor cuida a esta persona”.  En esos momentos hacemos presente a Dios en nuestra vida, lo reconocemos vivo y bondadoso, lo hacemos existir en nuestra conciencia, como lo hacemos con cada relación con quienes amamos.

Con un deseo de mayor felicidad y un pedido de orar por mí, (como Francisco) los abrazo,

Afectuosamente,

Gustavo Ferraris del C., sdb