Sta. Teresita del Niño Jesús

Queridos amigos y colaboradores:
Quiero escribirles sobre la espiritualidad de Sta. Teresita del Niño Jesús, en cuanto que es una de las fuentes de nuestra espiritualidad de la Fundación, porque ella centró toda su vida en el amor.

En un día como hoy, el 30 de septiembre de 1897, a los 24 años de edad, Teresita de Lisieux moría de amor por su Dios.

Sus últimas palabras fueron: “Mon Dieux, je t’aime”.

Cuando leí por primera vez su autobiografía “Historia de un alma”, me entusiasmó su “caminito” para llegar a Dios, una espiritualidad sencilla y profunda, su estilo de amar, fácil de imitar por ser verdadera “infancia espiritual”.

Su devoción me cautivó durante toda mi vida de sacerdote, y me ayudó a centrar la vida en aprender a amar.

Habrán notado que esta idea-fuerza es central en nuestra misión de evangelizar el amor humano.

Mañana, 1º de octubre, la Iglesia celebra su fiesta litúrgica, (aunque les llegue atrasado este comentario) pero quisiera que todos conocieran más a esta Santa, que además es “Doctora de la Iglesia”, lo que significa que “su espiritualidad es fuente de enseñanza segura para alcanzar la perfección cristiana”.

Para que la conozcan más les ofrezco una página de su autobiografía, que para mí tiene un valor incomparable.

Confío en que este texto, que todos los sacerdotes hemos leído y meditado, les entusiasme a leer la autobiografía entera, y puedan recibir los nobles impulsos para amar más y mejor.

Es mi mejor deseo.

Con una bendición y la petición de rezar los unos por los otros.

Les saluda con cariño,
Gustavo Ferraris del C., sdb

        Teniendo un deseo inmenso del martirio, acudí a las cartas de san Pablo, para tratar de hallar una respuesta.  Mis ojos dieron casualmente con los capítulos doce y trece de la primera carta a los Corintios, y en el primero de ellos leí que no todos pueden ser al mismo tiempo apóstoles, profetas y doctores, que la Iglesia consta de diversos miembros y que el ojo no puede ser al mismo tiempo mano.  Una respuesta bien clara, ciertamente, pero no suficiente para satisfacer mis deseos y darme la paz.

Continué leyendo sin desanimarme, y encontré esta consoladora exhortación: “Aspirad a los dones más excelentes; yo quiero mostraros un camino todavía mucho mejor.  El Apóstol, en efecto, hace notar cómo los mayores dones sin la caridad no son nada, y cómo esta misma caridad es el mejor camino para llegar a Dios de un modo seguro.  Por fin había hallado la tranquilidad.
Al contemplar el cuerpo místico de la Iglesia, no me había reconocido a mí misma en ninguno de los miembros que san Pablo enumera, sino que lo que yo deseaba era más bien verme en todos ellos.  En la caridad descubrí el quicio de mi vocación.  Entendí que la Iglesia tiene un cuerpo resultante de la unión de varios miembros, pero que en este cuerpo no falta el más necesario y noble de ellos: entendí que la Iglesia tiene un corazón y que este corazón está ardiendo en amor.  Entendí que sólo el amor es el que impulsa a obrar a los miembros de la Iglesia y que, si faltase este amor, ni los apóstoles anunciarían ya el Evangelio, ni los mártires derramarían su sangre.  Reconocí claramente y me convencí de que el amor encierra en sí todas las vocaciones, que el amor lo es todo, que abarca todos los tiempos y lugares, en una palabra, que el amor es eterno.

Entonces, llena de una alegría desbordante, exclamé: “Oh Jesús, amor mío, por fin he encontrado mi vocación: mi vocación es el amor.  Sí, he hallado mi propio lugar en la Iglesia, yeste lugar es el que tú me has señalado, Dios mío.  En el corazón de la Iglesia, que es mi madre, yo seré el amor; de este modo lo seré todo y mi deseo se verá colmado.”