Sufrimiento y Amor

Amigos todos,

Hace días me convidaron a una reunión de padres de familia, en una casa particular, interesados en reflexionar sobre el tema del dolor. Muchos de ellos lo habían experimentado y vivido en lutos, enfermedades, cesantía, y angustias existenciales, algunos en ellos mismo y otros en sus hijos.

Lo que me sorprendió verdaderamente fue que, de los 15 o 16 relatos de los diferentes testimonios, hubo tres rotundas afirmaciones de que, en medio de sus sufrimientos, las tres personas encontraron algo de “maravilloso”.

Recalqué ese dato delante de todo el grupo y empezamos a buscar, todos juntos, una explicación satisfactoria (tanto para la inteligencia como para el corazón de cada uno), de esas afirmaciones tan paradojales: “en el sufrimiento habían encontrado algo maravilloso”.

Nos iluminó una cita de S. Agustín: “cuando se ama no se sufre, y, si se sufre, el mismo sufrimiento es fuente de amor”. Algunos confirmaron esa verdad recordando los dolores de parto, que unen potentemente dolor y gozo, y se descubrió que el amor da sentido al dolor.

De testimonio en testimonio llegamos a la pasión de Cristo y sus sufrimientos. Alguien recordó un artículo de Benjamín Subercaseaux, en el que afirmaba que “no podía aceptar creen en un “Dios” tan cruel que se sentía “satisfecho”, “compensado” de los pecados de la Humanidad por los sufrimientos terribles de su Hijo”… El encontraba en ese Dios un sádico.

De ahí a dar un paso más, como se ve en la cultura agnóstica moderna, en la que se sostiene que ese Dios es tan “sádico” que deja actuar, impasible, tanto mal en el mundo, y por lo tanto, no puede ser que exista y todavía más, ¡que sea “bueno”!

El problema del mal y del sufrimiento se volvió candente y trágico en el ambiente que estábamos, en una búsqueda honesta de la verdad, y salió al tapete la “cultura” católica actual, que insiste en que “Cristo nos salvó por su muerte en la cruz”, (y la gente traduce “sufrimientos horribles”) que “Cristo padeció por nuestros pecados”, pero el meollo de la verdad queda oculta.

Lo que nos salvó fue el “amor” con que Cristo dio su vida, un amor tan fuerte y grande que soportó los tormentos físicos, de su cuerpo, y los espirituales, de sentirse, solo y abandonado por sus amigos, vendido por un discípulo y hasta “abandonado” por su Padre.

Por la gloria de Su Padre, (tu voluntad no la mía) por el rescate de toda la Humanidad (Padre, perdónalos, no saben lo que hacen) pensó con amor en los demás hasta el fin.

Pensó en su madre: “mujer, ahí tienes a tu hijo” en Juan, su amigo presente: “Ahí tienes a tu madre”, en el ladrón arrepentido, representante de todos los pecadores del mundo: “hoy estarás conmigo en el Paraíso”.

La “película de la pasión”, que muchos vimos, puso de manifiesto los sufrimientos que debe haber soportado Jesús, pero no pudo presentar a los espectadores el misterio oculto de un amor increíble que “amó hasta el extremo”.

En ese transe, hasta el último, Jesucristo manifestó que seguía amando a todos, entregaba su vida por el bien de todos: de Dios su Padre, de los verdugos, de sus acusadores, de los delincuentes crucificados con Él.

La imagen de Dios, omnipotente y creador no convence o convence poco al contemplar las maravillas de la naturaleza. El razonamiento humano concluye fácilmente en lo superficial: a Dios no le costó nada crear el mundo. Dijo: “Hágase”, y el mundo existió, según la fe bíblica.

Pero Jesucristo, verdadero hombre, perfecta “imagen” de Dios, (como Dios es por dentro), al venir a convivir con nosotros y a enseñarnos a amar, le costó, y vivió en persona lo que enseñó con las palabras. Su amor, desde la cruz, es tan fuera de lo común que nos “con-mueve” y nos “con-vence” vence los prejuicios.

Se entregó por nosotros, por mí, como afirma S. Pablo, porque “me amó”, “nos amó”, sin condiciones.

Amar en el sufrimiento es la sublimidad divina de todo amor humano.

Si no se capta la belleza del amor en el sufrimiento, (sufrimiento posible en toda persona y sufrimiento “real” en muchas personas que han aprendido a amar sin condiciones) será imposible conciliar el enigma de un Dios bueno y tierno que “permite” (si no es que “quiere” como piensan algunos) el mal en el mundo, que es causa de tanto sufrimiento injusto e inexplicable.

Sólo amando más, cuando se sufre, se puede soportar la prueba del sufrimiento.

Es el amor que salva, no el sufrimiento, pero el sufrimiento puede hacer brillar el “amor” que contiene.

Un agnóstico lo soportará por una persona amada, un cristiano lo podrá hacer por amor a Jesucristo presente en la persona amada.

Todos concluimos, al final, que era posible explicarse que en el sufrimiento apareciera algo como “maravilloso” .
¡Es el misterio del amor!

Gustavo Ferraris, sdb