Título Honorífico

Queridos todos: Me encantó que el Papa Francisco haya pedido que no se use más el “título honorífico” de “monseñor”. Me sorprende de que haya sido usado por tanto tiempo en la Iglesia Católica, sin perturbar nuestra conciencia religiosa de clero y laicado. Como “título honorífico” quería significar “tú eres ahora más importante en la sociedad que antes” y naturalmente favorecería una autoevaluación “mundana” con el aprecio de este mundo y para este mundo.

Pero no es así el espíritu del evangelio, siendo un título de este mundo y para este mundo, no vale para la eternidad. Al contrario, aleja de la gloria de Dios por favorecer la auto referencia, por sentirse más importante por lo que he hecho que por ser hijo de Dios gratuitamente. Toda la “gloria” que puede ofrecer este mundo es pasto seco ¿Qué podemos llevar al otro lado? Sólo el bien, y el bien “bien hecho”.

Los auténticos cristianos, en cuanto son discípulos de Jesucristo no pueden preferir ser mas valorados por los hombres con un título honorífico que por su maestro de vida, sin traicionar su vocación de bautizados para una vida nueva que vale en si misma. Por esto mismo me sorprendió siempre, como de mal gusto y contradictorio que los que se consagraron en plenitud al señor, deseen y necesiten al poco tiempo “títulos honoríficos” mundanos, para su autoafirmación. Sería un signo de gran carencia espiritual.

Sentirse reconocidos como válidos por los hombres no es contradictorio, pero necesitarlo obsesivamente es una dependencia indebida que frena la libertad del cristiano auténtico. Cuando la dependencia indebida se vuelve “gratificante” como la droga y es cultivada, vuelve a la persona narcisista, sobre preocupada de defender “el yo”, apegándose a todo lo que le agrada, sofocando su capacidad de “desapegarse” y de ser autónoma y de lograr la verdadera libertad.

Ninguna realidad creada puede llenar todo el vacío del deseo; los deseos sin límites y toda realidad del universo es limitada, aunque el universo esté en expansión. El deseo incontrolado puede llevar al narcisismo.

Para el cristiano auténtico lo que vales es lo que Dios mismo aprecia. El camino para alcanzar esa belleza espiritual lo precisa bien el Evangelio. “El que me ama observa mis mandamientos; “Amaos los unos a los otros como os he amado yo”, significa centrar la propia vida en “la gloria de Dios” quien asegura la felicidad para siempre.

Que Dios sea conocido y amado es la misión de todo bautizado. Supone un gran desprendimiento del yo, que solo con la oración constante se puede lograr. “sin mí no podéis nada”. Renunciar a vivir esta aventura del espíritu es resignarse a vivir en la falsedad, en la mentira de sólo “parecer y no de ser”. El buscador de prestigio siempre “quieres más” porque “necesita más” se siente muy vacío por dentro y busca afanosamente afuera ese “afuera” que no se le puede dar.

Tú me hiciste para ti y mi corazón no tendrá descanso hasta que no te encuentre a ti (San Agustín)

El que se muestra muy susceptible al sólo sospechar de que puede “no ser tomado en cuenta” habla siempre de “derechos adquiridos” porque se cree dueño de la situación, todo le parece “una falta de respeto” al no sentirse “consultado” para una decisión tomada por él o ella y termina convencido de que sólo él o ella tiene las ideas claras y los que no adhieren a su opinión son descalificados. Si son creyentes tiene una fe muy infantil.

Asoman visiblemente las raíces del “narcisismo” que termina arruinando la propia vida y la de los demás. El conflicto continuo es inevitable en tales convivencias matrimoniales y llega a cansar hasta romper la relación. El narcisista es un contrincante temible, aferrado como está al “propio yo”, no puede salir del “yo”.

Cuando estuvo enamorado salió del yo” por un instante; se recupera en seguida volviendo a atrincherarse en su “yo” esclavizado a esa necesidad de “prestigio” de sentirse siempre tomado en cuenta. Pierde siempre más su capacidad de ser libre de verdad.

La Fundación para el Crecimiento Matrimonial (FCM) fue fundada con el propósito de ayudar a las personas a superar su radical narcisismo y ofrece las herramientas espirituales para encausar esas fuerzas primitivas conflictivas en energías armonizadas, que buscan la belleza de un amor gratuito, sólido, desinteresado, en el resplandor de la verdad, quien vive en esta luz se siente feliz al hacer felices a los que ama.

Los grupos de crecimiento que organiza la FCM aprenden a expresarse desde la propia “intimidad”, desde el corazón y no sólo desde la cabeza, manifestando lo que sucede a cada uno por dentro, no lo que sucedió por fuera a él o a ella.

Lo más valioso de cada persona es su intimidad no siempre perceptible a primera vista, y esa intimidad debe ser expresada con amor y acogida con amor, la intimidad no soporta la indiferencia o la frialdad.

Si no circula el amor mutuo en las reuniones de la FCM, se volvería una reunión social, en que cada persona dirá lo que es “políticamente correcto”, pero se perdería la belleza del crecimiento espiritual, que consiste en compartir experiencias vividas y no sólo ideas o relatos.

La riqueza del grupo consiste en ese intercambio de bienes espirituales que son siempre lo más original de cada uno. En la comunicación en profundidad se va formando la verdadera comunidad. La comunidad a su vez tiende a despertar lo mejor de cada persona, evitando todo “juzgamiento”, acogiendo al otro como es, y estimulándolo a ser mejor persona en todas sus relaciones. El ejemplo y testimonio de los otros despierta la responsabilidad de asumir con conciencia la conducción de la propia vida, liberándola de toda esclavitud, de todo apego desordenado, como es el buscar prestigio, imponerse a los otros, o tener la necesidad obsesiva de aprobación.

Sueño con una fundación en la que sus miembros se aprecian mutuamente, se aman de verdad, cada uno busca el bien del otro y cuyo resultado será, poco a poco un grupo que vive y testimonia un novedoso estilo de vida, de buscar todos juntos el bien de todos, y el bien es siempre hacer sentir al otro que se sienta importante, porque lo es. Toda persona tiene como las huellas dactilares su valor único, original e irrepetible.

No es utópico, porque lo primeros cristianos lo lograron. Si ellos fueron capaces (la ayuda de Dios es la misma) ¿Por qué nosotros no?, todo depende de una consciente decisión de amar más. O la Fundación busca y lucha por este planteamiento exigente o está demás. Ya no tiene sentido que exista y se morirá sola, por inútil y por improductiva.

De cada miembro que se empape de esta espiritualidad de crecimiento relacional, dependerá su continuidad en el tiempo.

Afectuosamente

Padre Gustavo Ferraris del C., sdb