Varón y Mujer

Queridos amigos:

Quiero invitarlos, en este mes, a profundizar el sentido de “crecer como ser humano” que esbozamos el mes pasado con la afirmación: para llegar a ser “varón pleno” y “mujer plena” es indispensable querer adquirir los valores auténticos  que caracterizan tanto lo femenino para el varón como lo masculino para la mujer.

El mes pasado solo lo afirmé:   Hoy quiero ofrecer las razones bíblicas que fundamentan la aseveración.

Ante todo empiezo con una verdad fundamental: cuando Dios, a través de las Sagradas Escrituras y en especial a través de su Hijo, nos “habla”, da orientaciones para nuestro comportamiento, no está imponiendo una “ley” desde afuera, “exterior” a nosotros, sino que nos introduce en su intimidad, comparte con nosotros sus criaturas, lo que piensa y como ama.  Todo lo que nos dice o sugiere es un don, un acto de amor.

Para darnos cuenta recordemos lo que nos confía Jesús en su última cena: “No os llamo más servidores, porque el sirviente no sabe lo que hace su señor.  Yo os llamo “amigos” porque todo lo que escuché a mi Padre os lo he dado a conocer a vosotros” (Juan 15,15).

Aquel a quien se le confía todo, pertenece a la familia, no es más sirviente, “esclavo”, sino “libre”, libre porque quiere, porque ama, y se siente amado.   La “palabra de Dios”, nos introduce en la intimidad de Dios, nos purifica, nos libera de los miedos.  Somos de la familia de Dios.

El encuentro con la Palabra se vuelve “amistad”, “amor”, llegamos a ser “nosotros mismos”, libres porque amadosamamos.

Con razón S. Agustín concluyó: “Dame lo que “ordenas” y  ordena lo que quieras”.
Ahora entramos en el texto bíblico, con este espíritu de intimidad.
En Gen 1,27, el relato de la creación del “hombre” dice:

“Dios creó al “hombre” a su imagen
A imagen de Dios lo creó
Varón y mujer los creó”

La traducción exacta dice “lo” creó, en cuanto “ser humano”, “hombre”, que significa “humus”, “hecho de tierra”, “Adán”, barro, y después precisa: “varón y mujer” los creó.
La diferencia sexual, ser varón, ser mujer, vino después como “manera” de ser “hombre”, ser humano diferenciado, en dos realidades, duales y unitivas, no contrastantes sino complementarias, con una fuerza innata de “ser uno”, como lo fundó el Creador, los hizo “dos” para “ser uno”.    Cada uno para ser “pleno” necesita entrañablemente del otro, adquirir voluntaria y libremente las “cualidades”, las “riquezas” del otro, para llegar a ser “plenamente” “uno mismo”.

La tentación que arruina todo, consiste en “fusionarse”, querer adquirir las riquezas del otro sin esfuerzo, perdiendo la propia originalidad, la de ser “hombre”, “ser humano pleno”, más allá de ser “varón”, y de ser “mujer”.

El objetivo de ser “plenamente humano”, se logra si se acepta el relato bíblico de que el “hombre”, “ser humano pleno”, es más perfecto, más “humanizado” que el ser sólo “varón” o ser sólo “mujer”,  instalados en lo que son.

Ser plenamente “ser humano”, siguiendo el plan bíblico, requiere la “implementación” voluntaria y libre de las riquezas humanas que cada “género” descubre en el otro, abriéndose a un camino de perfección ilimitado, que adquiere su mayor sentido en el tiempo del “nido vacío”, susto para el mundo moderno sin intimidad con el plan de Dios, alegría y estímulo de vivir para los que han acogido con amor “la Revelación de Dios”, autor del proyecto de la existencia del ser humano “bisexuado” dual y unitivo, “comunional” y “personalizante”.

Esta vocación a la plenitud del “enriquecimiento mutuo” que vence el “individualismo” egocéntrico, y la confusión  de la “fusión”, es “anterior”, por sí misma, a la vocación a la “unión” exultante y fecunda que los conduce al “éxtasis” de la “comunión” y abre horizontes fecundos a la espiritualidad de las personas que no eligen el matrimonio como camino de plenitud humana, sino que aceptan enriquecerse, libre y responsablemente, de los valores y riquezas del “género” complementario, los valores de lo masculino para la mujer célibe, y las riquezas de lo “femenino” para el varón célibe.

A lo largo de la Historia, la Iglesia, pueblo de Dios, guiado por el Espíritu Santo, va descubriendo siempre nuevos matices de la Verdad insondable de la Revelación, y como lo aseguró Jesús: “El Espíritu Santo les revelará toda la Verdad”.

El Espíritu Santo no pertenece a la “jerarquía de la Iglesia”, pertenece al “Pueblo de Dios”, unida jerarquía y fieles, como lo afirma categóricamente el Concilio Vaticano II: “lo que es común en la fe de todo el pueblo de Dios, desde los apóstoles a través de todas las generaciones de creyentes es garantía segura de la verdad revelada. Siempre la misma y siempre nueva, porque la verdad revelada es viva, da vida y florece a través de la Historia”.

Jesucristo acompaña siempre a su Esposa. Es el Esposo fiel.

P. Gustavo Ferraris, sdb